mar, 5-09@03:44
Una noche cualquiera
En noches como aquella lo más normal era que cogiera
algún libro, y mi brick de leche, para ampararme en el
frescor de la noche, tratando de agotar -o tal vez disfrutando- de
mi insomnio, acuciado por el calor del día. No mucho tiempo
atrás esa costumbre la había cambiado por mirar las
estrellas en pelotas desde mi balcón, también con mi
brick de leche. Pero esa noche sería diferente.
Esta vez no buscaría el sueño entre las líneas
de historias de dragones, vampiros o naranjas mecánicas. No
intentaría atrofiar mi cerebro en la televisión para
quedarme frito. No alzaría la vista al cielo tratando de
encontrar estrellas que me hablaran de tiempos pasados, o de
tiempos futuros. Ni siquiera perdería el tiempo en llamadas
intempestivas para discutir sobre la naturaleza de los
tomates.
Esa noche, empezaría a escribir mi libro.
Era la primera noche en más de un mes que no me caía
rendido de sueño. El silencio de la calle, apenas rasgado
por el ruido de los camiones de la basura y por el escándalo
que en la habitación de al lado montaban mi colega -por
aquel entonces compañero de piso- y su novia, me
envolvía con una extraña sensación de
inspiración, seguramente causada más por la marihuana
de Celia que por otra cosa, pero con las ganas de sentarme junto a
la ventana a aprovechar las pocas horas de frescor bajo la tenue
luz del portátil.
Y entonces una sola sensación me invadía. Ansia. No
un ansia cualquiera, como el mono de una droga, o como las ganas de
ver a alguien. No un nerviosismo como el que te desborda antes de
entrar a un examen. Era más bien una necesidad más
que física de aquello que últimamente me había
traído una paz que tanto necesitaba...
Piel. Su piel.
La piel puede ser un medio de comunicación mucho más
poderoso que la más locuaz de las lenguas. Un simple roce
entre pieles es capaz de convencer de las locuras más
atroces al tipo más responsable que conozcas. La piel nos
indica cómo se siente una persona, desde sus sensaciones
más mundanas como el frío, hasta el nivel más
profundo de -in-consciencia, pasando por una enfermedad...
Pero de alguna manera, aquella piel tenía algo de especial
que no terminaba de comprender. Era como si segregase algún
tipo de droga que me mantuviera todo el día deseando estar
pegado a ella. Rozándola suavemente, acariciando cada
centímetro, explorando rincones donde despertar nuevas
sensaciones con un gesto tan simple, tan sencillo, que en su propio
minimalismo se convertía en la mayor expresión de la
belleza.
Aquella piel, sobre todas las que había conocido hasta
entonces, era capaz de decirme cosas. Cada vez que mis dedos
volaban sobre ella, hablaba conmigo revelándome secretos,
recordándome lo que ya sabía, pidiendome más,
y callando para escucharme a mí.
Durante unos cuantos meses aquella piel había sido mi
perdición, mi compañera y mis sueños
más ocultos, hechos realidad. Había aprendido a
escucharla y a hacerla que me entendiera. Había jugado con
ella día y noche. Había sentido su calor cuando no
estaba cerca y sufrido su necesidad con la fuerza de un vendabal
que convertía un fin de semana en dos largos meses de
ausencia.
Y todavía hoy, si cierro los ojos, puedo verla claramente,
temblando a mi lado, con mis manos aferradas a su sudor, con su
respiración entrelazada con la mía, con sus piernas y
sus brazos amenazando con no soltarme nunca, y con esa sonrisa en
los labios que era capaz de iluminar el día más
sombrío.
A veces la recuerdo dormida en mi cama, cómo podía
quedarme durante horas mirándola, iluminada apenas por la
tenue luz de la ventana. Aquella ventana por la que no debía
de llegar la luz del sol...
Y las más veces la recordaba con esa fuerza intensa con que
nos convertíamos en uno, mezclando algo más que
nuestro sudor, acariciando nuestras pieles como si quisieramos
desgastarlas, sintiendo el placer en toda su dimensión,
jugando a buscarnos y encontrándonos tan a menudo que
debiéramos habernos cansado pronto. Pero no fue
así.
El olor de su piel cuando la mordía se convirtió en
la más dulce de las fragancias para mí, y
encontré en ella todo cuanto había buscado y
probablemente cosas que ni siquiera sabía que buscaba.
Cuanto más la besaba, más iba creciendo la necesidad
de hacerlo de nuevo. Cuanto más la tocaba, mayor era mi
ansia por su piel.
Pero lo mejor de aquella piel era conseguir llevarla de paseo por
el mundo. Dejarla flotando en la noche bajo las estrellas del
Atlántico, compartir un viaje en barco con regalos, o
revolvernos entre la hierba mojada de la selva acompañados
por la música de un piano eran algo más que juegos
con la imaginación. Mis manos acariciando su piel suavemente
sin cesar mientras nos íbamos de viaje con los ojos
cerrados, conseguían sacar de su cuerpo sensaciones que
nunca hubiera sospechado.
Ella solía decirme que ojalá pudiera sentir
cómo se sentía en esos momentos, pero a veces creo
que ignoraba que lo más grande que me dió fue
precisamente el permitirme que la llevara de la mano por esos
mundos, y observar su sonrisa cuando intentaba ocultarse en mi
regazo mientras devolvíamos nuestras respiraciones a su
ritmo normal.
Me atrevo a decir sin dudarlo, que ver aquella sonrisa en su cara y
escuchar cómo su cuerpo se estremecía durante horas,
es lo más cercano que he estado nunca de la Felicidad.
Aquel tiempo pasó fugaz, como pasan las cosas buenas, sin
darnos tiempo a comprender lo que estaba sucediendo en su plenitud.
Lo bueno de no tener que pensar sobre algo es que puedes
disfrutarlo, sin más contemplaciones que la de aprovecharlo
al máximo y ser feliz con ello. Hacernos promesas
imposibles, contarnos todo aquello que haríamos o
amenazarnos con cumplir deseos se convirtieron en juegos
habituales.
Habíamos convertido esa sensación inicial de
extrañeza del "¿Cómo hemos dejado que nos pase
esto?" en la sorpresa diaria del querer más y
más.
Y mientras pensaba en todo esto durante aquella -por fin-
silenciosa noche, las sábanas de mi cama se revolvieron para
dejar que la luz de las farolas iluminasen sus ojos que me buscaban
después de haberlo hecho sus manos por el colchón. Su
sonrisa me invitó como cada noche, y volví a
abrazarme a aquella piel que, por decirlo llanamente, me
había hecho enloquecer...
-kali dixit, kali drinkit- |
[enlace
permanente] | Categoria:
general