lun,18-12@01:43
Cristales rotos
Cuando los cristales se rompen, lo hacen en miles de pedacitos que
rebotan y hacen un ruido espectacular y caótico. Un sonido
del que cualquiera huye de un modo instintivo, porque aunque nunca
nos haya sucedido, ese sonido nos indica bien claro que alguno de
esos trozos -con lo que cortan- puede terminar
clavándosenos.
Creo que hay pocas cosas tan duras como ver que un sueño,
que una ilusión, un castillo que has construído, se
cae en pedazos desmoronándose con ese mismo sonido de los
cristales rotos. Viendo que, algo en lo que has creído
firmemente durante tanto tiempo se reduce al final a esquirlas que,
si no se esquivan, pueden hacer mucho daño.
Hoy eso es una realidad. "Se acabó, y se acabó para
siempre". Mi sonrisa permanecía inmutable, plástica
mientras escuchaba esas palabras, mientras el sonido de los
cristales desmoronándose amenazaba con más de un
corte, por mucho que ya supiera que el castillo se había
venido abajo.
Hoy había sido otro largo día de motos. Hoy con un
aliciente especial: volvía a rodar con Alberto, y
volvía a hacer la ruta de mi accidente. El día era
igual de bueno que aquél, y todo iba igual de bien que ese
mismo. Pero dentro de mí, curva tras curva, mientras me
acercaba al lugar donde vovlí a nacer, iba
recordándome cada segundo de aquel día, cada bache en
la carretera. Y cada sensación de aquel golpe.
Llegué a la curva, y el nerviosismo me hizo cogerla un poco
pasado otra vez. Sólo un poco, lo justo para recordarme que
de alguna manera siempre estará presente en mi vida. Y bajo
la visera de mi casco unas lágrimas que no podía
secar regaban mis mejillas.
No puedo explicar la sensación que había en mi cuerpo
al ir dejando atrás aquella curva, al comprobar que a pesar
de todo, sobreviví a aquella, y sin importar que hoy al
volver a pasar por ella vuelva a colarme, la vida -la carretera-
seguía, y curva tras curva la iba superando.
Pero ahora llego a casa, y cojo el casco de aquel día. Lo
tenía guardado desde entonces. He decidido que debía
desaparecer. He salido a la calle y lo he dejado encima de un cubo
de basura. Me ha costado 10 minutos de reloj soltar la mano y dar
un paso atrás. Y luego otro. Y luego darme la vuelta para
volver a mi casa.
A cada paso que daba algo dentro de mí se desgarraba un
poco, y me daba cuenta de cuánto cuesta soltar.
Y aunque ya no necesite ese recuerdo en mi casa para saber que
estoy vivo, para recordarme lo que significó volver a nacer,
aunque se haya convertido en un objeto que ya no quería
guardar, sé que seguirá en mi corazón cada
día, que cuando me ponga mi otro casco sentiré lo
cómodo y seguro que me sentía con el que llevaba en
el accidente, incluso cuando ya estaba roto.
Y sabré a ciencia cierta que esa sensación me
acompañará toda mi vida, me guste o no.
Hoy me sorprendo (¿me sorprendo?) llorando. Pero, si no
llorase por esto, ¿podría hacerlo por algo en mi
vida?
-kali dixit, kali drinkit- |
[enlace
permanente] | Categoria:
general