lun, 4-06@08:04
El río
Cierra los ojos, déjate llevar, vente conmigo...
Estás en mitad de un bosque, donde todo huele a verde, a
tierra húmeda, a aire limpio. Los árboles no son
demasiado densos y la luz del sol lo inunda todo, lo convierte en
un lugar agradable para perderse, para pasear durante horas. Por
todos lados oyes el trinar de los pájaros, la hierba pisada
por algún animal que pasea cerca, pero sólo te
infunde un sentimiento de que todo está en su lugar, en
orden, en paz.
Andas entre los árboles sin seguir un camino establecido. Lo
creas tú misma, decidiendo a cada árbol por
qué lado bordearlo, qué dirección tomar,
dejándote envolver por la naturaleza, por su manto
mágico de vida, su tranquilidad. Cada árbol que dejas
atrás tiene una historia a sus espaldas, una larga vida
observando tranquilamente este sitio, guardando los caminos
escondidos, sirviendo de guía para muchos animales, de hogar
para otros, susurrandole al viento historias para que las lleve tan
lejos como pueda, intentando que otros como tú vengan por
estos parajes.
Y sigues andando, adentrándote en el corazón del
bosque, recorriendo todos sus rincones, haciendo tu propio camino
que nadie más recorrerá nunca, no igual que el tuyo,
atenta a cada sonido, a cada olor, a cada color. Andas sin saber,
pero sobre todo sin preocuparte, la dirección en la que vas.
Hace ya muchos árboles que ese tipo de preocupaciones se
quedaron demasiado lejos para escucharlas, y su recuerdo es tan
sólo un eco en tu memoria. Un eco tapado cada vez más
por el sonido agradable de agua sobre rocas, un sonido que llevas
escuchando un rato, que llama tu atención, hacia el que te
diriges curiosa.
Unos árboles más alante empiezas a vislumbrar un
claro en el bosque, y el olor a humedad se hace cada vez más
claro, mas fuerte, llenándote y llamándote a
buscarlo, hasta que descubres entre tanto verde un río de
agua clara, reflejando la luz del sol como si fuera un espejo. Y
descubres que ese sonido que ahora lo llena todo proviene de una
cascada enorme que queda a un lado, una caída de agua en
forma de cola de caballo que termina estrellándose abajo
sobre un lecho de rocas suavizadas por el constante rodar del agua
sobre ellas.
Te asomas a la cascada sin miedo, sintiéndote segura en este
mar de tranquilidad, dejando que el olor a agua rompiendo contra
las rocas te llene por dentro, limpiándote. Dejas que el
vértigo se convierta sólo en un recuerdo envuelta en
el sonido del agua que sube desde ahí abajo, y entonces
miras hacia el otro lado, hacia donde viene el agua.
Ves cómo el río se retuerce entre los árboles
del bosque, creando (él sí) su propio camino,
inmutable en apariencia, pero tan cambiado a través de los
años. Te imaginas remontando el río, viendo todo
aquello que éste agua que cae al fondo de la cascada ha
visto antes de llegar aquí, encontrándote otros
ríos que confluyen en éste, que lo alimentan, que
significan caminos alternativos mientras sigues imaginando que
remontas río arriba.
Y subes más y más, haciéndo el río cada
vez más estrecho, cada vez menos caudaloso. Dejando poco a
poco el bosque atrás, subiendo montaña arriba por un
camino cada vez más escarpado, cambiando árboles por
matorrales y más arriba matorrales por rocas,
convirtiéndote en arroyo, aparentemente insignificante, pero
sabiendo en lo que se convertirá más abajo. Te
dispersas filtrándote entre las rocas, en la tierra,
convertido en hilillos de agua pura, cristalina, hasta fundirte con
la nieve que vive en la montaña.
Y desde esa altura miras abajo, ves el mundo a tus pies, puedes
imaginarlo todo, puedes ver el curso remontado, cómo se mete
de nuevo en el bosque, como se pierde entre las ramas de tanto
verde, cómo llegas hasta esa cascada... y allí te
ves, de pie junto al río, mirando ensimismada hacia arriba,
ensoñada con el viaje que acabas de hacer, y de un vuelo
vertiginoso vuelves desde lo alto de la montaña hasta la
cascada.
Parpadeas por fin, como si hubieras despertado de un sueño,
con una sonrisa en los labios, y mirando el agua que pasea delante
de tí, decidida a precipitarse cascada abajo. Y de nuevo te
imaginas transportada por ella, saltando al vacío sin miedo,
dispersándote en el aire para estrellarte contra las rocas,
acariciándolas para hacerlas más suaves,
rehaciéndote de nuevo abajo de cada una de tus gotas, para
seguir tu camino hacia delante, siempre hacia delante.
Y te paseas entre más rocas, conviertiéndote en
rápidos, nerviosa, ruidosa, llamando la atención en
medio del bosque, llamando a más gente para que, como
tú, se queden ensimismados con el agua que ahora eres
pasando delante suyo. Otras veces te conviertes en aguas
tranquilas, paseando tranquila entre las raíces de los
árboles que beben de tí, disfrutando de la
película que es la vida mientras pasas por ella. Otras
incluso te detienes en seco, queriendo abarcarlo todo, tranquila,
quieta, silenciosa, convertida en un lago donde los demás
puedan ir a divertirse, a jugar, a disfrutar de un día
agradable. Abarcando y escondiendo vida dentro de tí,
guardando secretos que sólo reverlarás a quienes
tengan el valor y las ganas de zambullirse dentro de tí para
conocerlos. Dejando que la gente nade en tí, sujetando
barquitos de vela haciéndolos flotar y meciéndolos
para cuidar a la gente que va encima de ellos. Creando y viviendo
de la paz y la calma.
Pero al final encuentras un camino por donde seguir avanzando,
hacia delante, cada vez más grande, cada vez con más
cantidad de agua, arrastrando más vida en tu interior,
regando campos, viendo mundo. Y creciendo, creciendo tanto que al
llegar a una ciudad, sus habitantes te enmarcan, te engalanan, te
engrandecen construyendo cosas a tu paso, viviendo de tí,
orgullosos de tí. Y te sientes importante y señorial,
dejando que te mimen como tú mimaste más arriba todas
las cosas por las que has pasado. Y te sientes orgullosa de poder
llevar sus barcos, de servir de medio de vida a tanta gente,
cargando sus pesados transportes y recibiendo su
cariño.
Pero cuando dejas la ciudad atrás ves de repente que a pesar
de tanto trato señorial, de tanta admiración como
para ponerte en sus postales, la ciudad te ha contaminado
llenándote de mierda, de cosas que ya no quieren como si
fuera tu responsabilidad llevarlas lejos de sus cómodas y
estúpidamente sedentarias vidas. Así que asqueada
corres, corres todo lo que puedes empujada por la enorme cantidad
de agua que ya llevas contigo, hasta terminar desembocando al
mar.
El mar, un mundo infinito de lugares a los que ir. Una cantidad tan
ingente de agua en la que limpiarte, en la que nadar hasta hacer
desaparecer todos esos desperdicios, haciendo olas o tranquila a la
luz de la luna y las estrellas. Recorriendo el mundo en
rápidas corrientes submarinas, hablando con las ballenas y
decidiendo a tu antojo en qué costa del mundo prefieres
despertar al día siguiente. Visitando los fríos polos
o las cálidas playas del caribe, bajando hasta los
más profundos abismos que nadie más ha visto o
nadando el pacífico entero en la cresta de una ola.
Empujando transatlánticos y cargueros, dejándote
llevar de un lado a otro atraída por la luna...
Y cuando por fin te has olvidado de todo aquello malo que te han
hecho, subes a la superficie a dejar que te dore la piel el sol,
reflejándole, y dejando que te caliente para dispersarte en
mil gotitas de agua evaporada, subiendo suave hacia el cielo,
dejando atrás los océanos, y sobrevolando el mundo en
forma de nube. Conociendo más nubes que como tú se
han dejado evaporar, discutiendo con alguna para hacer algún
trueno, jugando con otras a hacer formas para que los que te miran
desde abajo adivinen, y sintiéndote ligera mientras
sobrevuelas todo, hasta volver a ver tu río, y cuando flotas
sobre el lugar al que más te apetece regresar, te encoges
fuerte fuerte, haciéndote una pelota para pesar más,
y caer suavemente en forma de lluvia allí donde
querías ir...
Cayendo sobre tu pelo gota a gota, regándote a tí y
todo el suelo que te rodea, resbalando suavemente por tu piel, por
tu cara, por los hoyitos de tu sonrisa, mientras abres los ojos
poco a poco para volver, feliz, a casa...
-kali dixit, kali drinkit- |
[enlace
permanente] | Categoria:
viajes/cuentos