jue,30-08@12:54
En un tren
Llevaba toda la semana yendo a trabajar a un pueblo a 90 km de la
ciudad. En ese país, el único medio de transporte
asequible era el tren, aunque ya se había convertido en un
auténtico experto en perder trenes y cambiar billetes. Esa
misma mañana, incluso, había descubierto la forma de
colarse en un tren para no esperar dos horas en la
estación.
El día había salido muy bien y había terminado
mucho antes de lo normal, así que fué a la
estación con la esperanza de conseguir un tren que le
devolviera a la ciudad a tiempo para comer.
Las colas en la venta de billetes eran increíblemente
largas, como siempre, y después de esperar su turno la
señorita nada amable del otro lado de la ventanilla le
indicó por señas que para el tren que él
quería tenía que ir a la ventanilla de al lado.
Con resignación y el volumen del mp3 a todo trapo se
dió la vuelta desandando la larguísima cola de la
ventanilla de al lado, y a medio camino le sorprendió ver a
una pareja de occidentales, los únicos que había
visto en aquella estación en toda la semana.
Él, un chico alto y fuerte, con cara de pocos amigos y unas
gafas de sol innecesarias que agravaban su antipática
apariencia. Ella todo lo contrario, más bien pequeña,
cara dulce, con rasgos suaves y unos ojos alegres. Su mirada, la de
ella, se cruzó con él en su camino y ambos se
dedicaron una sonrisa cómplice como buenos extranjeros en un
lugar tan extraño y a veces hostil.
Un rato después aquella pareja abandonaba la fila con sus
billetes y por el camino de nuevo sus sonrisas se cruzaron, como
despidiéndose. Cuando consiguió alcanzar la
ventanilla el primer tren con plazas no salía hasta casi dos
horas después, así que sin mucha más
elección, decidió comer y pasar la espera en el KFC
de la estación.
Pidió lo de siempre, no vaya a ser que le colaran otro pez
empanado y picante, y subió a la segunda planta a leer
tranquilamente mientras comía. Cuando consiguó una
mesa libre se relajó por fin un rato y como solía
hacer siempre su mirada empezó a navegar entre el mar de
cabezas que le rodeaban. China es un país fantástico
para perderse así, porque siempre había más
gente alrededor de la que se podía contar.
Y en medio de aquel paseo ajeno al mundo que le rodeaba, como si
los extranjeros tuvieran una especie de aura fosforita que hiciera
fácil localizarse, vió a otra chica con pinta de
italiana, alta, estupenda. Fea a su parecer, pero estupenda, con
unas piernas interminables y unas gafas de sol exageradamente
grandes colocadas innecesariamente también sobre sus ojos.
¿Dos del mismo tipo el mismo día, aquí?
Parecía extraño.
La siguió con la vista hasta rozar el descaro, y
después de dar vueltas por el restaurante encontró a
alguien y se sentó con ellos... que resultaron ser la pareja
de la cola de los billetes. Allí estaban de nuevo el tipo
alto y la chica de ojos dulces. Y allí de nuevo sus miradas
se cruzaron, compartiendo una de esas sonrisas que parecen decir
"¿Otra vez?"
Pasó el tiempo inmerso en su libro mientras comía, y
de cuando en cuando levantaba la vista a la sala,
encontrándose siempre con aquella mirada, de manera
más o menos accidental, y siempre sonriente. Una sonrisa que
se contagiaba.
Como siempre el tiempo se le echó encima y tuvo que salir
corriendo a la estación para no perder el tren. Cuando
recogió su mochila y echó a andar buscó de
nuevo a aquella chica, que aunque iba con otras dos personas,
parecía estar totalmente sola e iluminada como una antorcha
en mitad de la oscuridad. Sin embargo esta vez sólo
encontró su mesa vacía.
Volvió a meterse en su mundo interior con la música a
todo volumen y fué hacia la entrada de la estación.
Allí, en el control de billetes, se encontraron de nuevo.
Para no resultar pesado, trató de cruzarse lo menos posible
y seguir en su mundillo y se dirigió a la sala de espera que
le tocaba por su tren. Mientras subía las escaleras no pudo
evitar echar una mirada disimulada atrás, y como si lo
supiera de antemano allí se encontró al trío
de italianos (o eso parecían) subiendo por las mismas
escaleras. ¿Sería posible que también
coincidieran en tren? En realidad aquella sala albergaba la espera
de 5 trenes distintos, así que era poco probable.
Sacó su libro y esperó sentado a que les dieran paso
al andén, aunque como llegaba con el tiempo justo apenas
sí pudo pasar de página. Y mientras se saltaba la
cola aprovechando una puerta abierta, miró de nuevo
atrás y vió que los italianos esperaban en otra
hilera, seguramente para otro tren. Así que mentalmente se
despidió de ella, y con el libro en la mano y el dedo
pillado para no perder la página, bajó hasta el
andén flotando y sonriendo con tanta coincidencia, divagando
sobre los cables de los trenes y el incomprensible sistema chino de
control de pasajeros.
Cuando el tren llegó tuvo que correr hasta su vagón,
el primero del convoy, porque allí los trenes no esperan a
los pasajeros. Al subir se dió cuenta de que el billete que
le habían vendido era de primera clase, y le entró la
risa al encontrarse en un vagón de "lujo" (en la medida
china) acompañado por apenas otros 3 pasajeros. Se
acomodó e intentó abrir el velo que cubría la
ventana, aunque era imposible, así que decidió poner
el libro en la mesilla y leer tumbado como si hubiera pagado una
primera clase.
Al medio minuto subió más gente al vagón, pero
enseguida se puso en marcha y en total eran 10 personas en un
vagón de 100. Pero tal como en el fondo se había
imaginado, por el pasillo avanzaron los italianos hasta sentarse
dios filas más alante. A mitad del vagón los asientos
cambiaban de orientación, y dió la casualidad de que
tal como se sentaron, ella quedaba frente a él, sólo
dos asientos más alante.
De nuevo aquella sonrisa, esta vez más mantenida, una mirada
larga de esas que no se despegan, de esas que tienen que significar
algo a la fuerza. Aquellas formas, en el fondo, no podía
evitarlo, le recordaban a una chica con la que había estado
hacía tiempo, y quién sabe si por eso o
símplemente por esa forma de sonreír, no pudo dejar
de mirarla. De cuando en cuando bajaban los ojos a su libro
él, a su cuaderno ella. A ratos perdían sus miradas
por la ventana nostálgicamente, como perdiéndose en
recuerdos que pasearan entre los árboles que el tren iba
dejando atrás lenta pero incesantemente. Pero siempre, de
una y otra forma, volvían a cruzarse.
El tiempo pasaba tan lento como las estaciones de camino a la
ciudad, hasta que en una de esas miradas se decidió a
levantarse y sentarse en el asiento de enfrente. "¡Hola! Es
que como he visto que te has decidido a perseguirme he pensado que
mejor nos presentábamos". Unas sonrisas compartidas,
amplias, ya sin ser de refilón, unos besos inocentes en la
mejilla, cuánto tiempo llevas aquí, a qué te
dedicas, esas típicas conversaciones preformateadas que
constituyen el repertorio básico de toma de contacto entre
extranjeros; unos ojos azules tremendamente dulces aunque llenos de
cicatrices de penas, algún que otro silencio que
sorprendentemente (o no tan sorprendentemente) no se hacía
incómodo; algunas risas y el tiempo alargándose,
agradeciendo ambos que la señora antipática de la
ventanilla les diera el billete del tren lento... Todo aquello
pasó ajeno al resto del mundo que les rodeaba, y algo entre
ellos empezó a acercarlos peligrosamente...
...
La megafonía del tren anunció en chino y en
inglés macarrónico que llegaban a la estación
de Shanghai. Y aquella escena de los dos pegados se empezó a
desvanecer en el velo de la ventana entremezclándose con el
paisaje de la ciudad que planta rascacielos de lujo en plena
barriada de chabolas.
Desperezándose sin la menor de las ganas, él se
levantó y cogió su mochila para guardar el libro que
seguía abierto por la misma página que cuando se
sentó, y con esa mala gana de odiar la realidad
volvió su mirada hacia ella antes de bajar del tren.
Allí estaba, de nuevo, dedicándole otra sonrisa pero
sin decir nada. Le devolvió la sonrisa con una mueca triste
de adiós y saltó al andén.
El camino a la salida de la estación de Shanghai es como un
gigantesco túnel por el que se embotan miles de personas en
una auténtica riada humana, y de nuevo el mar de cabezas
ajenas y la música le ahogaron en sus pensamientos mientras
en su cabeza nacía esta historia. Al salir de la
estación el calor húmedo insoportable del verano
monzónico le sacudió como si quisiera cruzarle la
cara, y tras andar media manzana hacia la parada de taxis se
quitó los cascos, se dió media vuelta y empezó
a buscar como un loco entre la marea humana que abarrotaba la
plaza.
Tarde, al final, como siempre. Aquellos ojos dulces, aquella
conversación del sueño, aquella sonrisa, aquella
historia que parecía ser... todo aquello murió en un
sueño, entre la transparente tela del velo del tren.
Cabreado consigo mismo corrió a la parada de taxis, mirando
contínuamente alrededor pero ya sin fe, sabiendo que
sólo había una manera de darle vida a esa historia
muerta en el tren. Llegó a casa, enchufó el
ordenador, y comenzó a teclear: "En un tren..."
-kali dixit, kali drinkit- |
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