vie,31-08@05:49

Puertas

Hace dos días me enteré de rebote de la muerte del jugador del Sevilla, un tal Puerta. Una desgracia, un pobre chaval, etc.

Pero a mí que me perdonen, durante estos dos días no hago más que leer y oir noticias, escritos y blogs diciendo que si pobre chaval, que si vaya desgracia y que si bla bla bla.

Y digo que me perdonen porque al final me da rabia, de da una rabia y un asco tremendo que tanta gente se "solidarice" con el "pobre chaval", que por supuesto que lo es y por supuesto que es una desgracia, pero parece que por el mero hecho de ser una figura del fútbol, se convierta en un hecho reseñable.

Ojalá toda esa gente que se dedica a escribir líneas y líneas de condolencia como si conocieran a la familia de toda la vida, se acuerden también de la cantidad de niños palestinos (no de 20, sino de 8 años) que mueren cada día en Gaza por un disparo de un militar israelí cuando jugaban al fútbol con un montón de trapos enrollados (porque allí no pueden comprar un balón de adidas)

Ojalá que recuerden también a las pobres, miles de familias condenadas a la miseria desde que sus maridos murieron en las minas inundadas del sur de China.

Ojalá que se acuerden, para qué irnos tan lejos, del mendigo de su barrio que no será capaz de sobrevivir al próximo invierno, o de los cientos de víctimas de accidentes de tráfico, muchos de ellos igual de jóvenes que el tal Puerta.

Pero Puerta, ese chaval que veían algunos en el campo o en la tele, o incluso ni eso: ese que tal vez sólo era el nombre de un muñequito en el último Fifa '07 de nuestra flamante Play Station, ese chaval que ha tenido una vida envidiable colmada de éxitos, de repente es como el primo de todos aunque nadie le conociera en persona, y todos se lamentan, oh pobrecito, por su desgracia.

Y es que la vida está tan llena de hipocresía barata, que cada vez que nos lamentamos por la muerte de un famoso anónimo me entran náuseas.

Y ahora, ahí a la derecha tenéis un maravilloso libro de visitas para ponerme a caldo por radical.

-kali dixit, kali drinkit- | [enlace permanente] | Categoria: general

jue,30-08@12:54

En un tren

Llevaba toda la semana yendo a trabajar a un pueblo a 90 km de la ciudad. En ese país, el único medio de transporte asequible era el tren, aunque ya se había convertido en un auténtico experto en perder trenes y cambiar billetes. Esa misma mañana, incluso, había descubierto la forma de colarse en un tren para no esperar dos horas en la estación.

El día había salido muy bien y había terminado mucho antes de lo normal, así que fué a la estación con la esperanza de conseguir un tren que le devolviera a la ciudad a tiempo para comer.

Las colas en la venta de billetes eran increíblemente largas, como siempre, y después de esperar su turno la señorita nada amable del otro lado de la ventanilla le indicó por señas que para el tren que él quería tenía que ir a la ventanilla de al lado.

Con resignación y el volumen del mp3 a todo trapo se dió la vuelta desandando la larguísima cola de la ventanilla de al lado, y a medio camino le sorprendió ver a una pareja de occidentales, los únicos que había visto en aquella estación en toda la semana.

Él, un chico alto y fuerte, con cara de pocos amigos y unas gafas de sol innecesarias que agravaban su antipática apariencia. Ella todo lo contrario, más bien pequeña, cara dulce, con rasgos suaves y unos ojos alegres. Su mirada, la de ella, se cruzó con él en su camino y ambos se dedicaron una sonrisa cómplice como buenos extranjeros en un lugar tan extraño y a veces hostil.

Un rato después aquella pareja abandonaba la fila con sus billetes y por el camino de nuevo sus sonrisas se cruzaron, como despidiéndose. Cuando consiguió alcanzar la ventanilla el primer tren con plazas no salía hasta casi dos horas después, así que sin mucha más elección, decidió comer y pasar la espera en el KFC de la estación.

Pidió lo de siempre, no vaya a ser que le colaran otro pez empanado y picante, y subió a la segunda planta a leer tranquilamente mientras comía. Cuando consiguó una mesa libre se relajó por fin un rato y como solía hacer siempre su mirada empezó a navegar entre el mar de cabezas que le rodeaban. China es un país fantástico para perderse así, porque siempre había más gente alrededor de la que se podía contar.

Y en medio de aquel paseo ajeno al mundo que le rodeaba, como si los extranjeros tuvieran una especie de aura fosforita que hiciera fácil localizarse, vió a otra chica con pinta de italiana, alta, estupenda. Fea a su parecer, pero estupenda, con unas piernas interminables y unas gafas de sol exageradamente grandes colocadas innecesariamente también sobre sus ojos. ¿Dos del mismo tipo el mismo día, aquí? Parecía extraño.

La siguió con la vista hasta rozar el descaro, y después de dar vueltas por el restaurante encontró a alguien y se sentó con ellos... que resultaron ser la pareja de la cola de los billetes. Allí estaban de nuevo el tipo alto y la chica de ojos dulces. Y allí de nuevo sus miradas se cruzaron, compartiendo una de esas sonrisas que parecen decir "¿Otra vez?"

Pasó el tiempo inmerso en su libro mientras comía, y de cuando en cuando levantaba la vista a la sala, encontrándose siempre con aquella mirada, de manera más o menos accidental, y siempre sonriente. Una sonrisa que se contagiaba.

Como siempre el tiempo se le echó encima y tuvo que salir corriendo a la estación para no perder el tren. Cuando recogió su mochila y echó a andar buscó de nuevo a aquella chica, que aunque iba con otras dos personas, parecía estar totalmente sola e iluminada como una antorcha en mitad de la oscuridad. Sin embargo esta vez sólo encontró su mesa vacía.

Volvió a meterse en su mundo interior con la música a todo volumen y fué hacia la entrada de la estación. Allí, en el control de billetes, se encontraron de nuevo. Para no resultar pesado, trató de cruzarse lo menos posible y seguir en su mundillo y se dirigió a la sala de espera que le tocaba por su tren. Mientras subía las escaleras no pudo evitar echar una mirada disimulada atrás, y como si lo supiera de antemano allí se encontró al trío de italianos (o eso parecían) subiendo por las mismas escaleras. ¿Sería posible que también coincidieran en tren? En realidad aquella sala albergaba la espera de 5 trenes distintos, así que era poco probable.

Sacó su libro y esperó sentado a que les dieran paso al andén, aunque como llegaba con el tiempo justo apenas sí pudo pasar de página. Y mientras se saltaba la cola aprovechando una puerta abierta, miró de nuevo atrás y vió que los italianos esperaban en otra hilera, seguramente para otro tren. Así que mentalmente se despidió de ella, y con el libro en la mano y el dedo pillado para no perder la página, bajó hasta el andén flotando y sonriendo con tanta coincidencia, divagando sobre los cables de los trenes y el incomprensible sistema chino de control de pasajeros.

Cuando el tren llegó tuvo que correr hasta su vagón, el primero del convoy, porque allí los trenes no esperan a los pasajeros. Al subir se dió cuenta de que el billete que le habían vendido era de primera clase, y le entró la risa al encontrarse en un vagón de "lujo" (en la medida china) acompañado por apenas otros 3 pasajeros. Se acomodó e intentó abrir el velo que cubría la ventana, aunque era imposible, así que decidió poner el libro en la mesilla y leer tumbado como si hubiera pagado una primera clase.

Al medio minuto subió más gente al vagón, pero enseguida se puso en marcha y en total eran 10 personas en un vagón de 100. Pero tal como en el fondo se había imaginado, por el pasillo avanzaron los italianos hasta sentarse dios filas más alante. A mitad del vagón los asientos cambiaban de orientación, y dió la casualidad de que tal como se sentaron, ella quedaba frente a él, sólo dos asientos más alante.

De nuevo aquella sonrisa, esta vez más mantenida, una mirada larga de esas que no se despegan, de esas que tienen que significar algo a la fuerza. Aquellas formas, en el fondo, no podía evitarlo, le recordaban a una chica con la que había estado hacía tiempo, y quién sabe si por eso o símplemente por esa forma de sonreír, no pudo dejar de mirarla. De cuando en cuando bajaban los ojos a su libro él, a su cuaderno ella. A ratos perdían sus miradas por la ventana nostálgicamente, como perdiéndose en recuerdos que pasearan entre los árboles que el tren iba dejando atrás lenta pero incesantemente. Pero siempre, de una y otra forma, volvían a cruzarse.

El tiempo pasaba tan lento como las estaciones de camino a la ciudad, hasta que en una de esas miradas se decidió a levantarse y sentarse en el asiento de enfrente. "¡Hola! Es que como he visto que te has decidido a perseguirme he pensado que mejor nos presentábamos". Unas sonrisas compartidas, amplias, ya sin ser de refilón, unos besos inocentes en la mejilla, cuánto tiempo llevas aquí, a qué te dedicas, esas típicas conversaciones preformateadas que constituyen el repertorio básico de toma de contacto entre extranjeros; unos ojos azules tremendamente dulces aunque llenos de cicatrices de penas, algún que otro silencio que sorprendentemente (o no tan sorprendentemente) no se hacía incómodo; algunas risas y el tiempo alargándose, agradeciendo ambos que la señora antipática de la ventanilla les diera el billete del tren lento... Todo aquello pasó ajeno al resto del mundo que les rodeaba, y algo entre ellos empezó a acercarlos peligrosamente...

...

La megafonía del tren anunció en chino y en inglés macarrónico que llegaban a la estación de Shanghai. Y aquella escena de los dos pegados se empezó a desvanecer en el velo de la ventana entremezclándose con el paisaje de la ciudad que planta rascacielos de lujo en plena barriada de chabolas.

Desperezándose sin la menor de las ganas, él se levantó y cogió su mochila para guardar el libro que seguía abierto por la misma página que cuando se sentó, y con esa mala gana de odiar la realidad volvió su mirada hacia ella antes de bajar del tren. Allí estaba, de nuevo, dedicándole otra sonrisa pero sin decir nada. Le devolvió la sonrisa con una mueca triste de adiós y saltó al andén.

El camino a la salida de la estación de Shanghai es como un gigantesco túnel por el que se embotan miles de personas en una auténtica riada humana, y de nuevo el mar de cabezas ajenas y la música le ahogaron en sus pensamientos mientras en su cabeza nacía esta historia. Al salir de la estación el calor húmedo insoportable del verano monzónico le sacudió como si quisiera cruzarle la cara, y tras andar media manzana hacia la parada de taxis se quitó los cascos, se dió media vuelta y empezó a buscar como un loco entre la marea humana que abarrotaba la plaza.

Tarde, al final, como siempre. Aquellos ojos dulces, aquella conversación del sueño, aquella sonrisa, aquella historia que parecía ser... todo aquello murió en un sueño, entre la transparente tela del velo del tren.

Cabreado consigo mismo corrió a la parada de taxis, mirando contínuamente alrededor pero ya sin fe, sabiendo que sólo había una manera de darle vida a esa historia muerta en el tren. Llegó a casa, enchufó el ordenador, y comenzó a teclear: "En un tren..."

-kali dixit, kali drinkit- | [enlace permanente] | Categoria: viajes/cuentos

jue,30-08@06:17

Mujeres y sexo

Bajo tan sugerente título, voy a contar una historia de las que quitan el hipo. Bueno, a mí me lo quita, por lo menos.

Hace poco una colega (sí, la del economato de la última farlopa) me vino contando que unos ex-compañeros de la uni se habían casado. Hasta aquí todo normal (salvo el vértigo que empieza a dar que tus colegas entren en la rueda, como diciéndote "viejo"). Pero su tono de sorpresa y no poca indignación presagiaban que algún detalle de los de dar tema para comidillas estaba por venir. Entonces me contó que habían hecho un blog sobre la dicha boda. Bueno, vale, hortera, friki, pero aceptable. La chicha todavía tenía que salir por algún sitio.

Entonces me contó (citó textualmente, de hecho) algunas de las frasecillas que habían colgado los angelitos. La que más me impactó demostraba, aparte de una descarada influencia de la afiliación de las familias al Opus, una manera de pensar que yo creía afortunadamente extinta entre la gente de nuestra edad. La perla citada afirmaba categóricamente:

"Los hombres necesitan más sexo. Las mujeres en cambio necesitan más cariño, más ternura."

Sobra y tampoco les excusa decir que eso salió como conclusión a un curso de formación prematrimonial (financiado por papi opusero, claro). Pero el caso es que mi estupor e indignación al respecto me empujan a hacer una encuesta en condiciones, en forma de FARLOPA(tm). Os recuerdo que podéis dejar el nombre en blanco para aparecer como cobardes anónimos si lo que queréis es dejar vuestro testimonio pero os da vergüenza que luego os puedan llamar salidas. También pueden participar ellos, por supuesto, aunque la idea es que esto está dirigido principalmente a ellas, más que nada por ser las directamente implicadas en semejante afirmación.

Sin más rollete, ahí va la farlopa de turno:

¿Necesitan menos sexo las mujeres?



Ale, y que no se diga que no tengo un serio interés por investigar la causa antes de cagarme en la perra madre de quien educa así a sus hijos, y por si alguna mente enferma quiere leer más perlitas de la pareja (que las haya tutiplén) puede ir a ver su blog en http://alvaro-ana.blogspot.com. Mejor viendo los post antiguos, donde hay más chicha. Eso sí, que conste que no me responsabilizo de los posibles perjuicios mentales provocados :)

-kali dixit, kali drinkit- | [enlace permanente] | Categoria: farlopas

lun,27-08@18:40

Árboles que caen

Si un árbol cae en mitad de la jungla donde nadie puede oirlo... ¿hace realmente algún ruido?

Si voy a Madrid y no se lo cuento a nadie... ¿voy realmente a Madrid?

-kali dixit, kali drinkit- | [enlace permanente] | Categoria: general

lun,20-08@18:07

Keep Breathing

Hay ocasiones en que no hay nada en especial que contar, en que la única respuesta al típico "¿Qué tal?" es un "Bien" tan anodino como vacío, carente de todo significado de la misma forma que lo es tu sensación par con la vida y lo que te rodea.

En esas situaciones sientes como si el fluir de la vida símplemente te arrastrase en su curso, puede ser más suave o más violentamente, pero siempre con esa sensación de ser llevado (que no arrastrado) por las cosas, por las circunstancias, en definitiva, por la vida.

Reconozco que de cuando en cuando esa sensación es cómoda e incluso agradable, dejarse llevar por la corriente del río sin preocuparse -para variar- de por dónde tirar o hacia dónde remar. Pero por muy cómodo que pueda uno sentirse, siempre sabes que llegará un momento en que la sensación te superará, en el que necesitarás saltar del tren para, aunque sólo sea un rato, pararte a pensar sobre lo que quieres, y sobre cómo conseguirlo.

Entre que ese momento llega, la calma chicha que precede a las tormentas te invita a, sin más, seguir respirando. Como para enseñarte que, a fin de cuentas, lo más importante no es un sueño, sino la capacidad de soñar.

De momento, yo sigo respirando.

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mié, 8-08@08:43

Azul

Llevamos dos días en los que el cielo de esta ciudad es azul. No debería ser una noticia, pero el caso es que lo es, porque normalmente la contaminación no deja ver el azul del cielo, normalmente el cielo de Shanghai es gris, y no necesariamente por que llueva (ya que en esos casos suele ser negro).

A veces es increíble como algo tan tonto como un color, visto desde la ventana mientras te duchas, puede alegrarte el día. O los días.

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mar, 7-08@06:09

Compartir

Llevo toda mi vida oyendo a gente decir una frase que ni siquiera ellos mismos se paran a pensar (o eso creo): "Esta es la persona con la que quiero compartir mi vida".

Y creo que no lo piensan, o que al menos no tienen claro el concepto de compartir. Por supuesto no puedo generalizar, pero es tanta la gente que he visto así, que no puedo evitar pensar que casi todo el mundo peca de lo mismo. Supongo que yo mismo lo he hecho en alguna ocasión.

El caso es que esa gente termina cambiando el "compartir con" por un "apoderarse de".

Ahora mismo no me salen las palabras para ahondar en este tema, pero es bien cierto que a menudo confundimos esos términos y perdemos el norte de lo que "compartir" significa. Por que nunca debemos olvidar que compartir, ante todo, implica no cambiar lo que hacen los demás, sino ser parte de ello, ser un plus, nunca una limitación.

Ojalá hacer fuera tan fácil como decir...

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mié, 1-08@19:17

Querer

Querer es algo que todos hacemos, en mayor o menor medida, en algún momento de nuestra vida. De hecho, por lo general, nos empeñamos en querer aquello que no podemos tener.

Algunos, sin embargo, deciden luchar por lo que quieren. No importa si lo que quieren es más o menos posible, si lo que quieren parece tener algún sentido. O si existen posibilidades de conseguirlo.

El caso es que cuando alguien quiere algo, por lo general, si ve que no puede conseguirlo, se empeña en demostrar al mundo entero que ya no lo quiere. Aunque en realidad tal vez sea a sí mismo al único que quiere convencer.

Ojalá todo el mundo se empeñase en lo que quiere, o sencillamente se mantuviera en la misma posición. ¿Que no puedo tenerlo? Bueno, eso no significa que deje de quererlo. Estoy convencido que sólo con eso la mayoría terminaría consiguiendo aquello que quiere.

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